Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios maritimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerÃas con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.
Cuando vuelas vestido de durazno,
cuando rÃes con risa de arroz huracanado,
cuando para cantar sacudes
las arterias y los dientes,
la garganta y los dedos,
me morirÃa por lo dulce que eres,
me morirÃa por los lagos rojos
en donde en medio del otoño vives
con un corcel cado y un dios ensangrentado,
me morirÃa por los cementerios
que como cenicientos rios pasan con
agua y tumbas, de noche, entre campanas
ahogadas: rÃos espesos como dormitorios
de soldados enfermos que de súbito crecen
hacia la muerte en rÃos con numeros de mármol
y coronas podridas, y aceites funerales:
me morirÃa por los cementerios
mirar pasar las cruces anegadas, de pie
llorando, porque ante el rÃo de la muerte
lloras abandonadamente, heridamente,
lloras llorando, con los ojos llenos
de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas.
Si pudiera de noche, perdidamente solo,
acumular olvido y sombra y humo
sobre ferrocarriles y vapores,
con un embudo negro,
mordiendo las cenizas,
lo harÃa por el árbol en que creces,
por los nidos de aguas doradas que reunes,
y por la enredadera que te cubre los huesos
comunicándote el secreto de la noche.
Ciudades con olor a cebolla mojada
esperan que tu pases cantando roncamente,
y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
y ademas caracoles y semanas,
mastiles enrollados y cerezas
definitivamente circulan cuando asoman
tu pálida cabeza de quince ojos
y tu boca de sangre sumergida.
Si pudiera llenar de hollÃn las alcaldias
y, sollozando, derribar relojes,
seria para ver cuando a tu casa
llega el verano con los labios rotos,
llegan muchas personas de traje agonizante,
llegan regiones de triste esplendor,
llegan arados muertos y amapolas,
llegan enterradores y jinetes,
llegan planetas y mapas con sangre,
llegan buzos cubiertos de ceniza,
llegan enmascarados arrastrando doncellas
atravesadas por grandes cuchillos,
llegan raÃces, venas, hospitales,
manantiales, hormigas,
llega la noche con la cama en donde
muere entre las aranas un husar solitario
llega una rosa de odio y alfileres,
llega una embarcacion amarillenta,
llega un dÃa de viento con un ninio,
llego yo con Oliverio, Norah
Vicente Aleixandre, Delia, Maruca,
Malva Marina, Maria Luisa y Larco,
la Rubia, Rafael Ugarte,
Cotapos, Rafael Alberti,
Carlos, Bebe, Manolo Altolaguirre,
Molinari, Rosales, Concha Mendez,
y otros que se me olvidan.
Ven a que te corone, joven de la salud
y de la mariposa, joven puro
como un negro relámpago
perpetuamente libre,
y conversando entre nosotros,
ahora, cuando no queda
nadie entre las rocas,
hablemos sencillamente
como eres tú y soy yo,
para é sirven los versos
si no es para el rocÃo?
Para qué sirven los versos
si no es para esa noche
en que un puñal amargo nos averigua,
para ese dÃa, para ese crepúsculo,
para ese rincón roto donde el
golpeado corazon del hombre se
dispone a morir?
Sobre todo de noche, de noche hay
muchas estrellas, todas dentro de un rÃo
como una cinta junto a las ventanas
de las casas llenas de pobres gentes.
Alguien se les han muerto, tal vez
han perdido sus colocaciones en las oficinas,
en los hospitales, en los ascensores, en
las minas, sufren los seres tercamente heridos
y hay proposito y llanto en todas partes:
mientras las estrellas corren
dentro de un rÃo interminable
hay mucho llanto en las ventanas,
los umbrales estan gastados por el llanto,
las alcobas estan mojadas por el llanto
que llega en forma de ola
a morder las alfombras.
Federico,
tú ves el mundo, las calles, el vinagre,
las despedidas en las estaciones cuando
el humo levanta sus ruedas decisivas
hacia donde no hay nada sino algunas
separaciones, piedras, vias férreas.
Hay tantas gentes haciendo preguntas
por todas partes.
Hay el ciego sangriento, y el iracundo,
y el desanimado, y el miserable,
el árbol de las unas, el bandolero con
la envidia a cuestas.
Asà es la vida, Federico, aquà tienes
las cosas que te puede ofrecer mi amistad
de melancólico varon varonil.
Ya sabes por ti mismo muchas cosas.
Y otras irás sabiendo lentamente.
