“Nadie sabe las palabras que caben en un silencio.”
Como buen poeta que eras te nos has llevado el secreto contigo.
Descansa en paz.
“Nadie sabe las palabras que caben en un silencio.”
Como buen poeta que eras te nos has llevado el secreto contigo.
Descansa en paz.
“Aquí comprendo lo que llaman gloria: el derecho a amar sin medida. Sólo hay un amor en este mundo. Estrechar un cuerpo de mujer es también retener contra sí esta extraña alegría que desciende del cielo hacia el mar. Dentro de un momento, cuando me arroje a los ajenjos para hacerme entrar su perfume en el cuerpo, tendré conciencia, contra todos los prejuicios, de realizar una verdad que es la del sol y será también la de mi muerte. En cierto sentido, lo que aquí juego es mi vida, un sabor a piedra ardiente, llena de los suspiros del mar y las cigarras que comienzan a cantar ahora. La brisa es fresca y es azul el cielo. Amo esta vida con abandono y quiero hablar de ella libremente: pues me da el orgullo de mi condición humana. A menudo me han dicho, sin embargo, que no hay de qué gloriarse. Sí, hay de qué: este sol, este mar, mi corazón que brinca de juventud, mi cuerpo con sabor a sal, la inmensa decoración en que la ternura y la gloria se dan cita en el amarillo y el azul. A conquistar esto debo aplicar mi fuerza y mis recursos. Todo aquí me deja intacto, nada mío abandono, ninguna máscara reviso: me basta aprender pacientemente la difícil ciencia de vivir, que bien vale el saber vivir de los demás.”
Albert Camus, Fragmento de “Bodas”
Han pasado las doce de la noche…mientras oigo la canción que siempre uso para escribirte, Ruta, para vestirte, miro a través de esta ventana y parece como si todo el mundo estuviese durmiendo. El mundo al completo…salvo algún que otro grillo, y es que el silencio absoluto es algo incómodo. Ahora que me encuentro estudiando a los románticos de nuevo, como en aquellos años de universidad, pienso en la naturaleza, en el papel que jugó en sus vidas, y recuerdo paisajes, arboledas determinadas, orillas donde una puede perderse y encontrarse tantas veces que sobrecoge la idea, caminos que llevan a misteriosos sentimientos y a una piel, a una calle, una plaza, un tejado. Pienso en John Keats. Murió a los 26 años. Su epitafio al parecer decía, más o menos: “Aquí yace uno cuyo nombre estaba escrito en el agua”.Estas son algunas de las cosas que marcan la existencia de una persona. Me duele y no entiendo por qué. No soy devota de su poesía. Sin embargo, algo nos une…La primera vez que salí de España fue para llegar a Roma. Allí tuve miedo de que la muerte fuese una visita inesperada en mi vida, que fuese una certeza. Aún así, esa ermitaña pasó ignorantemente cerca, o quizá demasiado consciente. Tanta luz no pudo con ella. Keats falleció en Roma, apenas recién llegado a la ciudad, sin aliento ya. Tristísimo, Keats. Te leo, y me dueles:
“Escucho entre las sombras; y he estado muchas veces
un poco enamorado de la muerte apacible;
le he dado dulces nombres en versos abstraídos
para que fuera al aire mi aliento sosegado;
y ahora más que nunca morir parece hermoso,
sin dolor extinguirse en medio de la noche.”
[Fragmento de “Oda a un ruiseñor”]
Diríase que éste es un post triste, doliente. Quizá el recordar una gran pérdida lo es. Es reciente. Nunca había visto partir a nadie. Es duro, más de lo que pensaba. Ahora pienso en estos versos de Keats y, aunque siento ese pellizco en el corazón del que hablaba mi hermana hace unos días, siento también que quizás es tiempo de aprender cuántos regalos nos está haciendo la vida en estos momentos. He vuelto a contactar con viejas amigas de la facultad, muchas de ellas han tenido hijos, algunas se han separado, otras siguen con sus parejas de siempre, pero todas están ahí, y basta un mensaje, una divina memoria que recuerda algunos apellidos, y el reencuentro. Ojalá, Keats, hubieras podido reencontrarte tú con las calles de Roma, con el aroma de sus árboles, y ¿por qué no?, con su tráfico caótico y sonoro, qué hubieras escrito al contemplar de noche aquella fontana que me vio emocionada como cuando besas por primera vez…qué hubieras escrito…qué impresiones hubieras compartido con tus amigos-poetas. La vida me permite pensarte y dolerme. No lo entiendo demasiado, pero estoy feliz de estar aquí, en este silencio de grillos y esta luz tímida de farola que asoma a las calles ahora. Quisiera subirme a un tejado, llorar, llorar de alegría. No me comprendo mucho, pero me siento como dijo aquel profesor y poeta, y ya repetí alguna vez: me siento “azul como un chiquillo que quisiera tener alas”…Hoy, un deseo, en tus mismas palabras, poeta:
“Que así muchas veladas de agradables susurros
podamos pasar juntos, en calma disfrutando
los goces verdaderos –hasta que la gran voz
del noble rostro ordene volar a nuestras almas.”
En recuerdo de John Keats, nacido el 31 de octubre de 1795. Precioso día, y eso me lo quedo para mí.
Feliz noche, Ruteros. Sigo noctivagando, que siempre fue edificante… Mientras tanto os deseo el sueño de Blanca entres mis brazos, mágico, ¿eh?
Con esta soledad
alevosa
tranquila
con esta soledad
de sagradas goteras
de lejanos aullidos
de monstruos de silencio
de recuerdos al firme
de luna congelada
de noche para otros
de ojos bien abiertos
con esta soledad
inservible
vacía
se puede algunas veces
entender
el amor.
CARENCIA
Buda se equivocó.
La causa del dolor no es el deseo
sino la carencia que motiva el deseo.
Juan Liscano.