¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?
Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahà te quedas, de aquà ya no sales.
Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlos a un rÃo?
HabÃa de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada dÃa, se levantarÃan a vivir.
Jaime Sabines…
Curiosamente hoy, tras enterarme de la muerte de un alumno en el instituto donde doy clases, sin haberle llegado a conocer, consciente de su falta de asistencia y revisando su nombre cada dÃa, rezando interiormente para que estuviese bien, que se aplacase el dolor de esta enfermedad indigna y traidora, han publicado este poema en la revista del instituto…
Inevitablemente, te me vienes a la mente, Ismael, y en la crueldad de saberte ido a tus años, libre ya de inyecciones y miedos, pero también lejos de la algarabÃa constante de esos pasillos, de las risas escandalosas de tus compañeros, de la entraña materna que te sufre ahora. Los niños no debieran partir asÃ…

arandanilla